TRAS AMANDA PICKERT
(agosto 2001. reeditado mayo 2006)¿Habéis pensado alguna vez una idea hasta su último término, sin tropezaros con alguna contradicción?
IBSEN
Zapatos de cuero color sangre. Cartera gris de tul.
- No quiero volver a tenerte de esta manera. Ya debes estar bien, ha pasado mucho tiempo- había terminado esa noche por sentenciar él.
Era comprensible. Habían transcurrido casi seis meses desde la cirugía. La operación fue su decisión, nunca dudó al respecto, y aunque él tampoco se lo pidió, ella logró intuir su silente satisfacción. Temerosa, se vistió con su coraje varonil para atravesar la indescriptible imagen de dolor de la amputación, pero jamás pensó que su cicatrización tardaría tantas semanas. Con todo, a la embestida quirúrgica le sobrevenía una mayor, la emocional. Así, el terror compartió su lecho cada vez que recordaba el reintegro a sus deberes de alcoba. El miedo de no saber cómo reaccionaría su cuerpo, de no saber si finalmente complacería a su pareja, el miedo de sentirse una mujer. Y él, ¿la esperaría incólume en estas circunstancias? o ¿la cambiaría por otra?. La infidelidad pasajera no le preocupaba, tan acostumbrada a vivirla. Aún así, tomó providencias que confirmaron su vivaz inteligencia. La estrategia: manipular su placer.
En la sentencia de esa noche recordó su atractivo tono de voz, exhalante de hombría y refinación. Sus palabras cuidadosamente pronunciadas eran el reflejo de una cuidada educación y de un trato social que lo exigía.
Sangró, gritó, apretó sus manos y dientes, aguantando implacablemente. Cerró sus ojos, y se reencontró con él. Acariciándolo con la mirada, arqueó sus sensibles labios pálidos y le sonrió con esforzada dulzura.
De él reparaba en el tinte dominante de sus palabras, que infundían protección, en contraste con la absoluta indefensión anterior, cuando era trofeo del huachón que la prostituía. Hoy, deseaba sudar plenitud y no compasión. Y en su orgasmo, ensoñó el vestido que estrenaría el sábado en la cena anual de la empresa. Una nueva inocencia rota, concluyó.
Ya sola, rió para sí, repasando su belleza recostada en la cama antes compartida, la cama de los dos, y colmó sus pulmones con la fragancia humana encerrada en el cuarto. Sintió un aroma, pero no quería reconocerlo. Sin embargo la bañaba con su hedor. Él la abandonaría.
Zapatos dorados. Aretes de brillantes (brillantes falsos).
- Estuviste impecable esta noche. -Lo sé- no se demoró en decir ella. -¿Te peguntaron algo?. - en qué ratico mi vida, si ni respirar me deeejas. - ¿y cuándo te pusiste tus polvos?... -No es necesario que te burles de mí…, tu sabes que eres el único que me soplas papi…-inquirió ella- además, tuve la impresión de que todos estaban envidiosos, tu sabes..., soy artificialmente perfecta...! – Claro, si tú lo dices – interrumpió sarcásticamente él. Pero tenía razón, estuvo estupenda y lo estaba aún.
Cuando él la conoció sólo la miró buscando saciar su sexo. Lo segundo que vio fue la fogosidad de unos ojos miel, sobre los cuales posó el brillo de sus masculinas intenciones.
La cena no era importante. Él acostumbraba concurrir sin su compañía a estos actos anuales, así tenía excusa para retirarse al momento del baile. Prefería no llevarla para evitar entrar en detalles a su respecto, y disminuir la posibilidad de contradicciones con lo dicho en alguna oportunidad anterior. A sus 52 años, estaba bastante acostumbrado a enfrentar estoicamente estos sutiles emplazamientos de los contertulios, haciendo gala de su mejor lenguaje, diciendo mucho, pero en el fondo, nada. Igualmente las respuestas se acordarían en el veredicto de los baños: -está sólo hace mucho tiempo. dicen que su primera mujer se suicidó, no fue un ataque, sino que fue producto de sus engaños. no aguantó encontrarlo con una puta….. no fue una puta, sino un maricón. ¿en serio?....
-Esta noche observé cómo nos veíamos durante la cena, te diste cuenta? .... –mirada inquisidora de ella - … creo que la estamos bien ¿no?, solo eso debe importar, ¿no?. Ella escuchaba, sin comprender a cabalidad a que se debían esas frases sueltas, teñidas de inseguridad, cuando él dedicaba más tiempo y cautela a la elaboración de sus comentarios. Se sorprendió de éste pensamiento y le alegró descubrir una faceta nueva en él –ella era así, amplificaba las pequeñas verdades, obligada a ocultar las otras, las innombrables-. Le guiñó y él descubrió en la sonroja de sus mejillas ásperas que la quería. Era toda una mujer, de una fortaleza de carácter imponente y de una fragilidad interior carcomida por las durezas de la vida, por el roce social, por la lucha constante de querer vivir la ilusión de una vida que trascendiera sus tacos. Pero se detuvo en sus aretes, y recordó que los brillantes eran falsos.
Zapatos y Cartera de Leopardo (o de Pitón)
No tenías pa’ qué haberla traído. Ya es mucho pa’ mí con aguantar los comentarios de las indecentes de la cuadra. Tú sabes que está mal, sé que lo sabes, pero no puedes desprenderte de ése masculino orgullo. Eres como tu padre. Sé que m’estoy metiendo en tus cosas, y lo hago contra mis principios… sabes que nunca me metí contigo. Pero no puedo ni imaginar que arriesgues todo lo que has construido, ¿¡y por qué!? ¿por un arrebato?, porque no es altruismo… no de ti…... ¡¡¡Feliz Cumpleaños!!! gritaron a coro, despertándolo de sus temores. Era la expectante mirada de su madre la que encontró cuando traspasaron la puerta de la mansarda familiar. Ahora reía y gozaba en esplendor su ancianidad. La encontró más vieja, el cáncer la tenía doblegada en casa. Bastó el beso arrugado entre los cortos brazos que palmotearon con la fortaleza del abrigo materno para que quedara tranquilo, respirara profundo, y reintrodujera su niñez en el hombre que era. Tenía que presentar a su compañera, ella, la que hacía las veces de su mujer. Las presentaciones fueron rápidas y dieron paso a las conversaciones. No coincidían con la recreación mental que había escenificado en sus pensamientos. Observar el opuesto contraste que brindaba la realidad simplemente lo aturdía. Ella conversando, congeniando, en una complicidad desconcertante –o lo más cercano a ello-. Pensó que algo tramaba su madre, porque si bien, hasta el momento no le había dicho nada de lo que esperó escuchar, no podía sino deberse a que estuviera tanteando la presa, en busca de la debilidad que permitiera el certero aguijón. Entonces, tendría que esperar. De su compañera estaba tranquilo, se comportaba como una actriz que podría disfrazar la más oscura perversión en una candidez desbordante, pero sus manos, cualquiera fuera la forma en que las dispusiere, la delataban. No obstante, se veía feliz, y sus motivos se traslucían convincentes.
-¿Hace cuanto que se conocen? –peguntó quien podría ser su suegra.
- En agosto cumplimos ….¿cuanto mi amor?, espetó ella. Sin saber cómo explicar que ya cuentan tres años y cinco meses.
- Que importa madre, ya nos conocemos bastante bien.
Y con imperceptible tristeza preguntó ¿qué planes tienen, porque casarse no pueden, o sí? –sin asomo de intencionalidad, sino con honesto interés.
-Una sonrisa dibujó los ya dibujados labios de ella-. No lo hemos conversado, pero queremos poner en regla todos los papeles primero. Jaime... sí, el abogado –contestó- piensa que demoraran a lo sumo un año más. Lo más lento ha sido el trámite ante el juzgado, ¡porque son unos insensibles! y de ése depende pensar en el matrimonio. Pero apuro no tenemos....ya tengo razones de sobra para estar contenta, ¿no cree?– tomándose del talle en una descarada y sensual expresión. Su orgullo de sentirse mujer era más fuerte. No sintió enjuiciamiento sino aprobación. Percibió entonces que aquella señora, que no se desprendía del bastón como sosteniendo con él a su familia, podría ser también su madre. Pero tuvo miedo y se sintió desplomar. Era una sensación de temor que cristalizó cuando bajó del vehículo en dirección a dicha casa, alumbrada por la alegría de unas pequeñas macetas de colores que hacían de jardín, que retumbaron con el eco de sus pisadas. Un miedo que se cura en solitario. Del que su pareja no puede protegerla. Ni comparado con el miedo social de la aceptación, con el cual desde joven aprendió a convivir.
- ¿Cree en él?. No quiero que me responda, solo que lo piense. Es mi hijo, esosta’ claaro, y nadie’n m’impedirá quererlo, pero mi niña, no olvide que u’sté ahora es mujer, no?
Logró descubrirlo: era el miedo de tener que enfrentar la verdad.
Paraguas y sombrillas (para la lluvia y para el sol, según la estación)
La vista que tenía desde la terraza la impulsó mantenerse en el departamento que compartían, a la ruptura de ambos. Más la necesidad de pararse al borde de los ventanales y las macetas de aquellos débiles helechos, y respirar profundamente, desde las alturas, como si el aire que aspirara desde allí borrara en una exhalación estos años vividos. Las luces a lo lejos eran calmantes y marcaron sus largas horas dedicadas a la contemplación de las nostalgias. Con todo, quedarse con el inmueble fue más de lo que esperó, cuando sólo creyó contar con su cuerpo vacuo para sobrevivir. Hoy, ese nicho –como alguna vez lo llamó- había dado paso a confortables y femeninos ambientes -femeninos sobretodo-, de colores en un degradé de intensidades que se diluían como un prisma de su propia vida.
Él optó por otro hombre, aunque ya no travestido. Y ella conocía muy bien este tránsito. Los caminos eran inversos. Pero agradecía que los cariños perduraran. Así, esta tarde lo recibiría a cenar, junto a su actual –por no augurar definitiva- pareja, a quién acogía con resignación. Con todo, hoy necesitaba comunicarles algo.
La separación de ellos estuvo de antemano marcada, no por fecha exacta, sino por la inseguridad y cobardía de él. Ella lo sabía, era parte de un trato no acordado en la formalidad de una verborrea. Siendo más vieja en esto, no podía desconocer el valor de las pulsiones sexuales. Los plazos finalmente se cumplían, por más que ella hizo intento de saltárselos. No fue culpa de él, como tampoco de ella. Ella se había convertido en su dama de compañía para guardar las apariencias, las mismas que conminaron la vida de su anterior mujer, en aquél suicidio que le abrió las puertas a la libertad, y que la tuvo a ella, como siguiente antesala durante largos seis años. Sólo con una diferencia, ella había sido hombre y sabía lo que significaba querer a otro hombre. Entonces, no podían reprocharse, que él decidiera finalmente por lo que siempre tuvo reprimido, aunque la decisión tuviera el nombre del mismo abogado que le había conseguido todos los trámites y que una vez más le llenaba de felicidad –que ironía le parecía esto-. Tampoco era reprochable su humano deseo de formar un hogar, donde no exigieran justificaciones ni si ocultaran verdades. Así, no hubo reproches. Él y su masculina pareja. Ella y su antigua identidad.
- Mañana, antes de que firme los papeles, lo conoceré… –emoción contenida-….sé que tiene seis meses y que a su madre se lo quitaron por alcohólica…. Pero está sanito… al menos eso me dijeron.
Él no pudo evitar recordar a su difunta madre, y ella, desear en el fondo de su corazón, que este hijo que acordaron criar juntos no fuera gay.

3 Comments:
Hola Jaime, que bueno poder leerte a traves de este medio, yo tambien tengo un blog, por si quieres lerr...un beso desde viña.
catalina
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hola lolito
ufff, que interesante tu blog. Realmente me transporta. Hoy en un arranque de nostalgia te recordé, como si estuvieras a mi lado diciendome que la vida no es tan oscura... siempre quise creerlo. Podria hablarte de mil asimetrias y asi, par contre, dibujarte mi mejor cuadro de Paris (se que me entiendes, a ti podria hablarte en cierto tono y con esta simbologia indecifrable, ja)
QUE BIEN LA PASAMOS NO????
mi carino siempre incondicional
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