En mi viaje hacia el continente adulto.
Paris, enero 3, 2004
“Uno escribe sobre sus conflictos
o para expiar los tormentos.
Aun no conozco escritor que
Narre sobre lo que ya tiene resuelto”
Me acabo de percatar de mi necesidad de recobrar el sentido en “las formas”.
El “contenido”, que tanto me ha interesado antes, hoy, se diluye en una playa no concurrida.
En esta lucha en busca de las formas radicará mi determinación. Tanto me he alejado que, hoy, sólo me reconozco en personajes de novelas. Secundarios han sido. Jaime –que extraña coincidencia- en “La tregua” de Benedetti, me ha revivido el orgullo de tener identidad. Pedro, en “Albergue de mujeres tristes” de Marcela Serrano, me ha puesto en contacto con la construcción del ser al que aspiramos, incluidas todas nuestras irredimibles contradicciones.
¿Dónde vivo: en una novela que se cose hoja por hoja con todas las historias escritas?
¿Vivo abstraído cada vez más porque no puedo responder a mis tormentos?
Que ganas de recobrarme! Sí, recobrarme en el que fui. ¿pero quién?
La historia de los hombres se ha escrito desde el origen de nuestra angustia. Porque, sino, qué otra cosa puede ser la vida. Con todo son historias que no acaban de escribirse. Se redescubren cada día en calendario literario. Tejen nuestros mismos sinsentidos en forma ordenada. Descifrables a los ojos del otro.
Así, ya no resulta lejano reconocerse en las impaciencias, que las han sido de otros.
En las miserias, que las han padecido ya otros.
Al respecto, tengo una nueva teoría: vivimos en órbita. Tal cual sistema solar, tal cual se ordena la vida en estaciones. No creo en la predestinación, aún así, poseemos órbitas predibujadas. Me entusiasma pensar el complejo de cruzamientos, sin más razón que el azar. ¿Pero no nos construimos además en el reflejo de los otros? Es alucinante pensar cuántos diferentes seres podemos ser nosotros mismos!
Vivir la incontinencia emocional. ¿Qué significa? Que me arrojo al mundo. Sin mesura. Con la esperanza de hacerme menos fisuras que si lo enfrentare en fricción. Me arrojo al mundo, como un hombre se tira al vacío de un edificio de altura. Porque sé que mis seguridades no radican en mi suelo, sino en mi incontinencia.
Aún así, temo. Pero temo de formas disfrazadas. Temo la desdicha. Sin embargo, mi razón pone en funcionamiento la resignación. Y mi oculto temor se asume, ahora, invencible. Pero que gran error mi buen hermano. ¿De qué nos sirve el coraje si hemos perdido el sentimiento de nuestras luchas? Las victorias fraguadas en optimismo no alcanzan a condensar nuestros dolores, si, justamente, el mayor de todos es no tener con quién compartirlas.
Vicios. Estamos a un paso. Rituales que nos acercan a sentir nuestra pureza corroída en la debilidad de nuestra voluntad. Eso, en rigor sería un vicio. Pero también es un manjar de placer, que obnubila toda razón. Ahora bien, tengo un marcado vicio con el sexo. Que me entrampa en no practicarlo. ¡¿Cómo la mente castiga al cuerpo por no estar a su altura?! Es un vicio porque deconstruye. No desea caminar junto a la emoción incontenida. Dice: no camines. Porque fehacientemente sabe que posee más experticia que el propio sentimiento. Y, éste, romántico deshonrado, hace pacto con la razón para llenar de culpabilidad al ejercicio de nuestro sexo. Vicio justamente porque descompone la trilogía necesaria del equilibrio de todo cuerpo: si toda vida es una órbita, todo cuerpo tiene una medida exacta dentro de aquélla, que permite comprender las simetrías que se van replicando. De allí la escuchada consigna: sexo y compromiso no siempre van de la mano. Y preferimos la inmediatez del primero ante la letanía del segundo, la que nos vuelve castos. Horrores de horrores. Como conviven nuestras culpas!
Si hoy me pregunto ¿qué espero del mañana?, y antes de una respuesta sobreviniera el sueño, por seguro a mí despertar tendría nuevas preguntas: ¿a cuál mañana me refiero? ¿al que acabo de perder? ¿o al que perderé mañana cuando vuelva a preguntarme esto?
Qué fisura ha pasado y que me sucede ahora que le robo tiempo a la noche, como si temiera ir a dormir! Pero en efecto, he dejado de ir a dormir.